La gente anda diciendo que el país arrancó el año con una postal que mezcla celebraciones oficiales, gestos llamativos y una realidad social que no termina de acomodarse. Mientras el Gobierno insiste en mostrar indicadores y números en mejora, en la calle la sensación es otra: la cuenta sigue sin cerrar.
Se comentó mucho esta semana el dato oficial que confirmó que la inflación anual de 2025 cerró en torno al 31 %, el registro más bajo en varios años. Desde el Ejecutivo se lo presentó como una señal clara de orden y disciplina económica. Pero la gente anda diciendo que las estadísticas alivian más a los informes que a las familias, porque los precios de los alimentos, los servicios y el transporte siguen pesando fuerte en el día a día, sobre todo para quienes viven de un salario fijo o de ingresos informales.
En el plano económico-financiero, también se habló de la refinanciación de deuda con tasas elevadas, una decisión que busca sostener el frente fiscal pero que deja sabor amargo en el entramado productivo. La gente anda diciendo que cuando el crédito se encarece, los primeros en quedar afuera son los pequeños comercios, las pymes y quienes necesitan un empujón para trabajar, no para especular.
En ese contexto, el dólar se mantuvo relativamente estable y algunos sectores del mercado celebraron movimientos positivos en acciones y bonos. Sin embargo, la gente anda diciendo que la estabilidad financiera no siempre se traduce en estabilidad social, y que mientras algunos festejan en las pantallas, otros siguen ajustando el gasto básico en sus casas.
Pero si hubo una escena que sintetizó el clima de la semana fue la visita del presidente Javier Milei al festival de Jesús María, donde se lo vio cantar junto al Chaqueño Palavecino. Para algunos fue un gesto folklórico y descontracturado; para otros, una imagen fuera de tiempo. La gente anda diciendo —con ironía y algo de enojo— que mientras muchos no llegan a fin de mes, el Presidente se permite cantar y sonreír en un escenario, como si la Argentina estuviera atravesando un momento de tranquilidad. No fue un escándalo, pero sí un contraste que no pasó desapercibido.
En paralelo, organizaciones sociales, sindicales y de derechos humanos volvieron a expresar reclamos y a marcar distancia con el Gobierno. La gente anda diciendo que hay una brecha cada vez más visible entre el discurso que se pronuncia en foros internacionales y festivales, y la realidad que se vive en los barrios, donde el trabajo escasea y la recuperación no se siente.
Porque gobernar no es solo mostrar números, viajar o cantar canciones populares. Gobernar también es leer el humor social, entender los silencios y hacerse cargo de las incomodidades. Y en esta semana de enero, entre estadísticas, tasas altas y escenas pintorescas, la sensación que queda es que la Argentina sigue esperando señales más claras de empatía y rumbo.
Eso, al menos, es lo que la gente anda diciendo.

