Se comenta que la semana dejó una marca profunda en el mundo del trabajo. La aprobación de la reforma laboral en el Senado cayó como un balde de agua fría en fábricas, oficinas y comercios. En la calle se dice que no fue una discusión técnica, sino política, y que otra vez los cambios llegan desde arriba, sin escuchar a quienes viven de su salario. Muchos sienten que el mensaje es claro: menos derechos para adaptarse a un modelo que no garantiza estabilidad ni futuro.
Dicen que mientras se celebran votos en el Congreso, crece la bronca en los sindicatos y en los trabajadores que ya vienen golpeados. La flexibilización aparece como palabra elegante para nombrar la precarización. En los pasillos se comenta que el empleo no se defiende achicando garantías, sino con un proyecto productivo que ponga al trabajo en el centro.
La gente anda diciendo que la inflación sigue siendo una sombra persistente. Los números oficiales hablan de desaceleración, pero en el almacén del barrio la cuenta no cierra. Alimentos, servicios y alquileres siguen subiendo y el sueldo se estira como puede. Se escucha que la paciencia social no es infinita y que cada ajuste suma cansancio.
Se comenta también que el Estado parece cada vez más lejos de la vida cotidiana. Jubilados que esperan aumentos que no alcanzan, familias que dependen de ingresos informales y jóvenes que no ven horizonte laboral. Dicen que la idea de “ordenar la economía” pierde sentido cuando el orden se hace sobre la espalda de los mismos de siempre.
En medio de todo, la gente busca pequeñas pausas. El fin de semana largo y el carnaval aparecen como un respiro breve, más necesario que festivo. Algunos aprovechan para descansar, otros para trabajar más y llegar a fin de mes. Incluso en la celebración se cuela la desigualdad.
La gente anda diciendo que el problema no es solo esta semana ni este mes. Es la sensación de que el país se piensa sin su gente. Que las decisiones se toman mirando balances y no mesas familiares. Y que cuando el trabajo pierde valor y el salario no alcanza, lo que se resiente no es solo la economía, sino el tejido social entero.
Se comenta, bajito pero firme, que la historia ya mostró adónde conducen estos caminos. Y que aunque intenten convencer de que no hay alternativas, el pueblo sabe que sin justicia social no hay estabilidad posible. La memoria no se borra, y el silencio, a veces, es apenas la antesala de la palabra colectiva.

