La gente anda diciendo que septiembre arrancó con una Argentina que sigue buscando respuestas mientras el Gobierno insiste en mostrar resultados. La semana estuvo atravesada por los 1.000 días de gestión de Javier Milei, una cifra que invita a hacer balances más allá de los discursos: hay indicadores que mejoraron, como la inflación y las cuentas fiscales, pero también quedan cuentas pendientes en salarios, empleo, consumo y actividad productiva.
En ese balance, hay una imagen que cuesta ignorar: mientras se habla de crecimiento y de una nueva Argentina, la industria sigue dando señales preocupantes. El caso de Granja Tres Arroyos, que suspendió hasta nuevo aviso la actividad de su planta de Capitán Sarmiento y enfrenta temores por un posible cierre definitivo, volvió a poner sobre la mesa qué sucede con las empresas y los trabajadores cuando la actividad económica no acompaña.
Dicen que tampoco es casual que las universidades nacionales vuelvan a estar en conflicto. Docentes y no docentes realizaron medidas de fuerza ante una oferta salarial considerada insuficiente, mientras continúa el reclamo por el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario. Una vez más, la educación pública aparece obligada a salir a la calle para reclamar recursos y salarios dignos.
Y mientras tanto, aparece una de esas contradicciones que la Argentina ya conoce de memoria: la soja trepó hasta superar los 480 dólares por tonelada y alcanzó su valor más alto en años. Una excelente noticia para el complejo agroexportador y para el ingreso de divisas, pero la pregunta inevitable vuelve a ser la misma: ¿cuándo esa buena noticia llega al bolsillo de quienes trabajan y producen todos los días? Porque si la cosecha se valoriza, pero el supermercado sigue siendo cada vez más caro, algo del famoso derrame parece estar quedándose en el camino.
En La Pampa, mientras Nación mira hacia otro lado en varios reclamos, Ziliotto y Kicillof avanzaron en acuerdos para enfrentar posibles crecidas del río Quinto y fortalecer la cooperación ante el escenario climático que se aproxima. La prevención, el trabajo conjunto y la planificación aparecen, una vez más, como herramientas concretas frente a problemas que no entienden de límites políticos.
También hubo espacio para las Malvinas, con Milei anunciando sanciones para empresas petroleras que operen en las islas y la creación de una nueva base naval en Tierra del Fuego. La cuestión de la soberanía es una causa que atraviesa generaciones y no debería pertenecerle a ningún gobierno en particular. El reclamo argentino merece seriedad, continuidad y política de Estado, no convertirse en otra pieza de la disputa política cotidiana.
A mil días de gobierno, quizás el verdadero balance no esté en una conferencia ni en una publicación de redes sociales. Está en el trabajador que conserva su empleo, en el jubilado que puede pagar sus medicamentos, en la familia que llega a fin de mes, en la fábrica que mantiene sus puertas abiertas y en el estudiante que puede seguir cursando. Los números importan, claro que sí, pero detrás de cada estadística hay personas.
La gente anda diciendo que después de 1.000 días ya no alcanza con pedir paciencia ni repetir que el futuro será extraordinario. El futuro, para quienes todos los días ponen el cuerpo, necesita empezar a sentirse en el presente. Porque un país puede tener superávit, soja récord y discursos de grandeza, pero si sus trabajadores viven con incertidumbre, sus industrias cierran y sus universidades tienen que pelear por sobrevivir, todavía queda mucho por ordenar. Y esta vez, quizás, habría que empezar por mirar la realidad sin anteojeras.

