La gente anda diciendo

La gente anda diciendo que esta semana volvió a quedar claro que hay dos Argentinas que parecen caminar por veredas distintas. Una es la que describe el Gobierno, con promesas de estabilidad, elogios de los mercados y la defensa de un rumbo que, según sus funcionarios, tarde o temprano dará resultados. La otra es la…

La gente anda diciendo que esta semana volvió a quedar claro que hay dos Argentinas que parecen caminar por veredas distintas. Una es la que describe el Gobierno, con promesas de estabilidad, elogios de los mercados y la defensa de un rumbo que, según sus funcionarios, tarde o temprano dará resultados. La otra es la que se vive en los barrios, donde el sueldo sigue sin alcanzar, los servicios se llevan cada vez más plata y las familias hacen malabares para llegar a fin de mes. Porque una cosa es ordenar los números y otra muy distinta es ordenar la vida de la gente.

La marcha universitaria volvió a poner esta contradicción en el centro de la escena. Miles de estudiantes, docentes, trabajadores y familias salieron a defender la universidad pública y a reclamar que se cumpla la ley de financiamiento aprobada por el Congreso. La movilización, que reunió a una multitud en todo el país, terminó marcada por la intervención policial, los gases y los camiones hidrantes. Cuesta entender cómo un Gobierno que habla permanentemente de respetar las instituciones puede negarse a cumplir una ley y terminar enfrentándose con quienes reclaman que la educación pública siga siendo una oportunidad para todos. La universidad no es un privilegio de unos pocos: es la posibilidad de que el hijo de un trabajador pueda llegar adonde antes parecía imposible.

Mientras tanto, los números de la economía siguen contando una historia que merece más atención que los discursos triunfalistas. La inflación de septiembre fue del 1,9%, pero los servicios acumulan aumentos interanuales superiores al 40%. Y ahí está el problema: aunque algunos indicadores muestren una desaceleración, las boletas de luz, gas, alquileres y otros gastos esenciales siguen apretando los presupuestos familiares. En el medio quedan los jubilados, los trabajadores y los sectores que no tienen margen para seguir ajustando. Porque cuando una familia tiene que elegir qué pagar primero, la discusión económica deja de ser una estadística y se convierte en una angustia cotidiana.

También hay preguntas que aparecen cuando se habla de administrar los recursos públicos. Esta semana trascendieron cuestionamientos por operaciones financieras realizadas con las reservas de oro del Banco Central, a partir de una auditoría que señaló pérdidas millonarias. Mientras se exige sacrificio a la sociedad y se justifica cada recorte en nombre de la responsabilidad fiscal, es razonable preguntar cómo se administran los recursos del país, qué riesgos se asumen y quién responde cuando las decisiones salen mal. La transparencia no puede ser una exigencia únicamente para los de abajo; también debe ser una obligación para quienes manejan la plata de todos.

Por estas horas, además, el Congreso vuelve a mostrar que no todo está resuelto para el oficialismo. Las dificultades para reunir los apoyos necesarios y avanzar con su agenda legislativa evidencian que gobernar no consiste solamente en imponer una dirección, sino también en construir acuerdos y respetar los mecanismos institucionales. Sin embargo, cuando la discusión política se transforma en una pelea permanente y cada diferencia se presenta como una batalla entre buenos y malos, pierde la democracia y pierde la sociedad. La oposición tiene la responsabilidad de controlar y proponer alternativas, pero el Gobierno también tiene la obligación de escuchar y aceptar que no posee la verdad absoluta.

En La Pampa, el Día de la Lealtad dejó otra imagen. Una multitud se reunió en el Club General Belgrano de Santa Rosa para acompañar al gobernador y presidente del Partido Justicialista pampeano, Sergio Ziliotto, quien llamó a la unidad y aseguró que ningún peronista debe quedar afuera. El mensaje llega en un momento en que el movimiento necesita discutir su futuro sin perder de vista a quienes representa. Las diferencias internas existen, las miradas no siempre coinciden y los debates son necesarios, pero ninguna disputa dirigencial puede estar por encima de las necesidades del pueblo. La unidad no se construye solamente compartiendo un escenario: se construye escuchando, integrando y entendiendo que hay una sociedad que necesita una alternativa política capaz de devolverle esperanza.

Y quizá ahí esté una de las discusiones más importantes de este tiempo. Mientras algunos creen que el futuro se construye reduciendo el Estado y dejando que el mercado resuelva los problemas, otros sostenemos que el desarrollo necesita producción, trabajo, educación, salud y oportunidades. No se trata de negar las dificultades económicas ni de desconocer la necesidad de administrar responsablemente los recursos. Se trata de entender que las cuentas públicas son un instrumento para mejorar la vida de una sociedad, no un objetivo que pueda alcanzarse a cualquier costo humano.

La semana termina con una pregunta que atraviesa cada uno de estos temas: ¿de qué sirve un país que mejora sus indicadores si sus habitantes sienten que viven peor? La respuesta no está en un eslogan ni en una pelea televisiva. Está en el salario que alcanza, en la universidad que abre sus puertas, en el jubilado que puede comprar sus remedios y en el trabajador que tiene la tranquilidad de llegar a su casa con un ingreso digno.

Porque una Argentina que deja a su gente en el camino puede mostrar números, balances y promesas, pero difícilmente pueda construir un futuro compartido. Y si algo nos enseñó nuestra historia es que los proyectos políticos pueden cambiar de nombre, de discurso y de protagonistas, pero tarde o temprano la sociedad termina preguntando lo mismo: quiénes progresan, quiénes pagan los costos y para quién se gobierna.