La gente anda diciendo

La gente anda diciendo que esta semana dejó una escena difícil de explicar incluso para quienes defendieron con entusiasmo el discurso de que “la casta se terminó”. El viaje oficial a Nueva York terminó generando más ruido por lo que ocurrió arriba del avión presidencial que por lo que se discutió en las reuniones económicas.…

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La gente anda diciendo que esta semana dejó una escena difícil de explicar incluso para quienes defendieron con entusiasmo el discurso de que “la casta se terminó”. El viaje oficial a Nueva York terminó generando más ruido por lo que ocurrió arriba del avión presidencial que por lo que se discutió en las reuniones económicas. El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, tuvo que salir a justificar que su esposa viajara en la aeronave oficial y eligió una frase que rápidamente recorrió el país: dijo que él había ido “a deslomarse a Nueva York” y que por eso quería que lo acompañara.

En los barrios, en la radio del taxi y en la mesa del bar, la reacción fue casi inmediata. Porque deslomarse, dicen muchos, es otra cosa. Deslomarse es el trabajador que se levanta a las cuatro de la mañana para combinar tres colectivos y llegar a una obra o a una fábrica. Deslomarse es el enfermero que hace doble turno porque el sueldo no alcanza. Deslomarse es la madre que limpia casas, vende tortas o hace changas para pagar un alquiler que sube todos los meses y para que sus hijos puedan comer. Deslomarse es el jubilado que sigue trabajando porque la jubilación no le alcanza para los medicamentos. Difícil imaginar que esa palabra represente exactamente lo mismo que pasar una semana en Nueva York entre hoteles, reuniones y cenas protocolares.

También se escucha que la explicación oficial intentó apoyarse en un argumento curioso: el famoso “costo marginal cero”. Según esa lógica, como el avión presidencial ya viajaba, subir a alguien más no generaría un gasto adicional. Y ahí es donde el humor ácido empezó a aparecer en todas partes. Algunos se preguntaban si entonces también pueden subir al avión cuando el Presidente salga de gira, total el costo marginal sería el mismo. Otros se preguntaban si en el aeropuerto podrían colarse en un vuelo lleno con la misma excusa. Incluso hubo quienes ironizaron con pedir el mismo beneficio en el colectivo, en el cine o en un restaurante: “total si ya está funcionando, que entre uno más no cambia nada”. El absurdo de la explicación terminó dejando más dudas que certezas.

La polémica se amplificó cuando reaparecieron viejos mensajes del propio Adorni en redes sociales, donde años atrás criticaba con dureza a dirigentes políticos por viajar en aviones privados o por integrar comitivas costosas al exterior, a las que acusaba de estar desconectadas de la realidad. Ahora, convertido en jefe de Gabinete, el mismo funcionario tuvo que explicar por qué su esposa formaba parte de la comitiva en el avión presidencial, algo que incluso generó pedidos de informes y denuncias para que se investigue el caso.

Mientras tanto, otro tema sigue flotando en la conversación pública: el escándalo del caso Libra y las pericias que mencionan supuestos pagos millonarios vinculados al entorno presidencial. Más allá de lo que determine la Justicia, el dato circula fuerte en la discusión política y alimenta una pregunta incómoda: cómo puede ser que quienes llegaron prometiendo terminar con los privilegios y con la corrupción ahora aparezcan vinculados a polémicas de este tipo.

En ese contexto, muchos repiten la misma frase con un tono cada vez más irónico: decían que venían a ser diferentes. Que venían a terminar con los privilegios de la política. Que el ajuste lo pagaba la casta. Pero a medida que pasan los meses, algunos empiezan a sentir que el relato y la realidad se parecen cada vez menos.

La gente anda diciendo que el problema no es solo un viaje, ni una frase desafortunada, ni una explicación económica traída de los pelos. El problema es la doble vara. Porque cuando se gobierna señalando constantemente a otros por sus privilegios, cualquier gesto que parezca repetir esas prácticas pesa el doble. Y cuando la sociedad ve incoherencias entre lo que se prometió y lo que se hace, la desconfianza crece.

Al final, en la calle la conclusión suena cada vez más clara: quienes prometieron terminar con la casta terminaron pareciéndose demasiado a ella. Y eso, para muchos, resulta todavía más grave que los errores de quienes gobernaron antes. Porque no solo defrauda expectativas: también destruye la esperanza de que alguna vez las cosas puedan hacerse de otra manera.