La gente anda diciendo

La gente anda diciendo que el cierre del año y el arranque de enero dejaron una sensación amarga que no se tapa con fuegos artificiales ni discursos de optimismo. El país volvió a mostrar una postal conocida: para algunos hay margen, para la mayoría hay ajuste. Se comenta que el Gobierno autorizó aumentos salariales para…

La gente anda diciendo que el cierre del año y el arranque de enero dejaron una sensación amarga que no se tapa con fuegos artificiales ni discursos de optimismo. El país volvió a mostrar una postal conocida: para algunos hay margen, para la mayoría hay ajuste.

Se comenta que el Gobierno autorizó aumentos salariales para altos funcionarios, en nombre de la “actualización” y la “readecuación”, mientras mantiene congelados o licuados los ingresos de jubilados, pensionados y trabajadores informales, que siguen reclamando llegar a fin de mes. La gente anda diciendo que el mensaje es claro: hay recursos cuando se trata de la cúpula del poder, pero no cuando se habla de quienes aportaron toda una vida o sobreviven con ingresos mínimos. La bronca no es ideológica, es cotidiana, y se escucha en cada cola del banco y en cada farmacia.

En paralelo, el debate por el Presupuesto 2026 dejó más preguntas que certezas. Las proyecciones oficiales conviven con una realidad donde los precios no aflojan y el consumo sigue retraído. La gente anda diciendo que los números pueden cerrar en los informes, pero no en la mesa familiar, donde cada decisión implica resignar algo.

En el plano internacional, la semana estuvo marcada por un hecho que encendió alarmas en la región: la ofensiva de Estados Unidos sobre Venezuela y las declaraciones de Donald Trump anunciando, sin rodeos, su intención de “gobernar” ese país y quedarse con su petróleo. La gente anda diciendo que ya no se disimulan las formas: se habla de democracia mientras se interviene, se ignoran procesos electorales ajenos y se actúa como si el destino de otros pueblos fuera una decisión administrativa de Washington.

La indignación crece porque no se trata solo de Venezuela. Se trata del mensaje. Estados Unidos vuelve a asumirse como la policía del mundo, interviniendo en territorios que no le pertenecen, decidiendo quién gobierna y quién no, siempre con el mismo telón de fondo: recursos estratégicos y control geopolítico. La gente anda diciendo, con una mezcla de ironía y cansancio, que durante décadas nos vendieron películas donde ellos eran los héroes que salvaban al mundo de los villanos de turno. Tal vez el problema es que se creyeron tanto ese relato que ya no registran cómo se los ve desde afuera.

Y en ese contexto surge una pregunta que no busca sembrar miedo, sino conciencia: ¿será Argentina la próxima? ¿Hasta cuándo vamos a sostener una relación de alineamiento automático con Estados Unidos sin discutir qué pasa con nuestra soberanía, nuestras decisiones y nuestras libertades? La gente anda diciendo que ser amigo no debería implicar obedecer ni callar, y mucho menos aceptar que otros decidan por nosotros.

Mientras tanto, puertas adentro, el clima social sigue pesado. Terminó el año, pasó la Navidad, llegó el Año Nuevo, pero para miles de familias no hubo brindis ni regalos. Hay chicos a los que Papá Noel no pudo llegar porque faltó el trabajo, porque la jubilación no alcanzó o porque el aumento nunca llegó. No es una metáfora: es una realidad que se repite en barrios, pueblos y ciudades.

La gente anda diciendo que gobernar es mucho más que ajustar números y alinearse internacionalmente. Es cuidar a su pueblo, defender la democracia propia y ajena, y no resignar soberanía a cambio de aplausos externos. El año empieza, y con él, la pregunta sigue abierta: ¿para quién hay plata, para quién hay derechos y hasta dónde estamos dispuestos a ceder como país? Eso, también, es lo que la gente anda diciendo.