La gente anda diciendo

La gente anda diciendo que febrero arrancó con el bolsillo otra vez en el centro de la escena. En la primera semana del mes los precios de los alimentos pegaron un salto fuerte y la inflación volvió a sentirse en la mesa diaria, especialmente en productos básicos como pan, carnes, lácteos y bebidas. En los…

La gente anda diciendo que febrero arrancó con el bolsillo otra vez en el centro de la escena. En la primera semana del mes los precios de los alimentos pegaron un salto fuerte y la inflación volvió a sentirse en la mesa diaria, especialmente en productos básicos como pan, carnes, lácteos y bebidas. En los barrios se dice que el sueldo dura cada vez menos y que cualquier aumento, por mínimo que parezca en los números oficiales, se transforma en un problema grande cuando llega al changuito.

Dicen que mientras los precios se mueven rápido, los ingresos van muy por detrás. Jubilados, trabajadores informales y familias que dependen de changas sienten que la recuperación prometida no aparece. La gente comenta que los bonos y refuerzos alcanzan apenas para tapar agujeros, pero no modifican la realidad de fondo: el costo de vida sigue corriendo más rápido que los salarios.

Se habla también de la tensión política que volvió al Congreso. El Gobierno empuja reformas laborales que generan preocupación en amplios sectores, con propuestas que ponen en discusión indemnizaciones y condiciones de trabajo. En la calle se escucha que no es momento de quitar derechos cuando el empleo es frágil y la incertidumbre es alta. Muchos dicen que flexibilizar no crea trabajo, solo lo vuelve más inestable.

La gente anda diciendo que el Fondo Monetario vuelve a marcar el pulso de la economía. Otra vez aparecen las revisiones, las metas y los compromisos externos como condicionantes de las decisiones internas. En los cafés y en las fábricas se repite la misma pregunta: hasta cuándo las recetas de ajuste van a ser la respuesta automática a cada problema.

Se comenta que la inseguridad sigue siendo parte de la conversación cotidiana. Robos, violencia y situaciones límite atraviesan grandes ciudades y pueblos del interior, alimentando una sensación de abandono. Dicen que no alcanza con anuncios duros si no hay políticas integrales que devuelvan tranquilidad y contención social.

También se habla del desgaste social. El verano no trajo alivio, sino más cansancio. La gente siente que vive en modo supervivencia, haciendo malabares para llegar a fin de mes, mientras escucha discursos que prometen un futuro que nunca termina de llegar.

La gente anda diciendo que el problema no es solo económico, sino de rumbo. Que sin trabajo digno, precios controlados y un Estado presente que cuide a los que menos tienen, cualquier plan queda rengo. Y que cuando el pueblo aprieta los dientes en silencio, no es resignación: es memoria y es espera.