La gente anda diciendo que esta semana volvió a quedar claro que el Gobierno puede controlar algunos números, pero no logra controlar el humor social. Mientras desde la Casa Rosada se celebraban señales de desaceleración inflacionaria y respaldo internacional, en la calle la sensación siguió siendo otra: la de un país donde el esfuerzo cotidiano no encuentra recompensa.
Se comenta que el oficialismo volvió a mostrar como principal bandera la baja de la inflación. El Presidente y sus funcionarios insistieron en que el rumbo económico está funcionando y que el proceso de estabilización ya empezó a dar resultados.
Pero en los barrios, en los comercios y en las mesas familiares, la conversación sigue siendo otra. Porque aunque algunos índices desaceleren, la vida sigue estando cara, los salarios no alcanzan y el consumo continúa golpeado.
También se escucha que el nuevo respaldo del FMI, con otro desembolso de mil millones de dólares, generó más preocupación que tranquilidad en parte de la sociedad.
Muchos recuerdan demasiado bien lo que significó históricamente el Fondo en la Argentina: ajuste, deuda y promesas de estabilidad que después terminaron explotando. Y aunque el Gobierno insiste en que esta vez es diferente, hay una memoria colectiva que no desaparece tan fácil.
Dicen que el problema es que mientras se habla de macroeconomía, en la calle la microeconomía sigue haciendo estragos. Tarifas, alquileres, transporte y alimentos continúan presionando sobre ingresos cada vez más ajustados. El dato técnico puede mejorar, pero la angustia cotidiana sigue ahí.
En paralelo, las polémicas políticas continúan erosionando el discurso original del oficialismo. El caso Adorni sigue siendo un símbolo incómodo para el Gobierno. Las explicaciones sobre propiedades, préstamos de jubiladas, viajes y privilegios dejaron una sensación muy difícil de revertir: la de funcionarios que creen que la sociedad va a aceptar cualquier excusa. Y cuando la gente siente que la subestiman, la bronca crece.
Se comenta además que apareció otro foco de indignación con los créditos preferenciales otorgados a funcionarios y personas vinculadas al poder, en momentos donde millones de argentinos ni siquiera califican para financiar un electrodoméstico o pagar una tarjeta.
Ahí vuelve a aparecer la misma palabra: privilegios. Justamente aquello que prometían combatir.
La gente anda diciendo que lo más grave no es solo la corrupción o las sospechas, sino la doble vara. Porque se llegó al poder señalando con el dedo a todos los gobiernos anteriores, hablando de moral, de honestidad y de terminar con la casta. Y ahora cada escándalo pega el doble, porque choca directamente contra ese relato.
También se escucha una sensación cada vez más fuerte: que el Gobierno vive hablando de sacrificio, pero el sacrificio siempre parece recaer sobre los mismos. El trabajador que viaja cuatro horas por día, la jubilada que elige entre remedios y comida, el comerciante que vende menos y el joven que no encuentra futuro. Mientras tanto, arriba siguen apareciendo funcionarios con propiedades dudosas, vuelos privados y explicaciones sacadas del bolsillo.
En ese contexto, la frase que más empieza a repetirse tiene un tono de decepción más que de sorpresa. La gente anda diciendo que no solo no eran distintos, sino que terminaron haciendo muchas de las cosas que juraban venir a combatir.
Y ahí aparece el verdadero desgaste. Porque cuando un gobierno pierde coherencia entre lo que dice y lo que hace, el problema deja de ser político. Se transforma en una crisis de confianza. Y en Argentina, cuando la confianza se rompe, la historia demuestra que ningún relato alcanza para sostenerla demasiado tiempo.
La gente anda diciendo
La gente anda diciendo que esta semana volvió a quedar claro que el Gobierno puede controlar algunos números, pero no logra controlar el humor social. Mientras desde la Casa Rosada se celebraban señales de desaceleración inflacionaria y respaldo internacional, en la calle la sensación siguió siendo otra: la de un país donde el esfuerzo cotidiano…

