Pedro Duque pertenece al grupo privilegiado de seres humanos que salió de la Tierra, miró el planeta desde la órbita y regresó para contarlo.
El astronauta español viajó dos veces al espacio, trabajó 25 años en la Agencia Espacial Europea y hoy observa la nueva carrera espacial desde otro lugar: el de la infraestructura, los satélites y la economía que empieza a construirse más allá de la atmósfera.
En diálogo con el medio, además de recordar cómo fue volar a la Estación Espacial Internacional, ver la inmensidad del cosmos desde la órbita terrestre y cómo es vivir en el espacio, Duque analizó una industria que hoy va más allá de cohetes y misiones lunares, sino que entró en una etapa en la que el espacio empieza a convertirse en una plataforma cotidiana, económica y estratégica.

“Estamos en un momento realmente interesante”, afirmó. “Se ha producido como una aceleración de nuevas tecnologías que se han ensayado en el espacio”.
Duque tiene 63 años y creció en la era de oro de la exploración espacial. Como millones de personas, vio por TV blanco y negro el primer alunizaje en 1969. En plena Guerra Fría y carrera espacial, ser astronauta parecía una posibilidad reservada para estadounidenses o soviéticos. “Todos queríamos ser astronautas y participar en esto”, recordó. En su casa, como en la de tantos chicos de su generación, ese deseo sonaba más a fantasía que a realidad: “Nuestros padres, por lo menos los míos, nos decían que nos quitaramos todo eso de la cabeza”.
El escenario empezó a cambiar años después, cuando España se integró a la Agencia Espacial Europea (ESA). Esa decisión abrió oportunidades para la industria, la ciencia y la ingeniería del país. “Mi país ya contaba en la ESA con una contribución adecuada y con empresas, una de ellas donde trabajaba yo, que era ya suficientemente potente como para pensar que los españoles también podían entrar en esa selección de astronautas”, contó.
En 1992, Duque fue seleccionado como astronauta europeo y comenzó una carrera de un cuarto de siglo dentro de la agencia, con entrenamientos en Rusia y Estados Unidos, simuladores, preparación técnica y una vida profesional atada a naves, procedimientos y misiones internacionales.
Su primera misión llegó en 1998, a bordo del transbordador Discovery. Antes de ese vuelo, ya había pasado por otras oportunidades que quedaron cerca. Había entrenado en Rusia, integró una tripulación de reserva y atravesó procesos de preparación en Estados Unidos. “Estaba preparado para ir al espacio, pero no fui, aunque casi”, recordó. La designación oficial llegó después de años de formación y de una selección con pocas plazas disponibles para europeos.
La preparación tuvo varias etapas. Primero, el entrenamiento básico para aprender a vivir y trabajar en el espacio. Después, el entrenamiento avanzado para cada nave posible. Finalmente, la preparación específica para el vuelo asignado: simuladores, fallas probables, protocolos de emergencia y una agenda milimétrica. “Te enseñan exactamente cómo funciona, cuáles son los modos de fallo y qué tendrías que hacer”, detalló.
Aquella primera misión duró 10 días. No fue un viaje turístico ni una postal de ciencia ficción: fue una misión de trabajo en órbita, con un laboratorio dentro del transbordador y experimentos científicos pensados como antesala de lo que luego haría la Estación Espacial Internacional.
Cinco años después llegó su segundo viaje. Esta vez fue en una nave Soyuz y con destino a la Estación Espacial Internacional. Fueron otros 10 días en órbita, dedicados principalmente a experimentación científica. En la Soyuz, además, tuvo una función técnica clave: “Yo era el ingeniero de vuelo y responsable de los sistemas, como el copiloto”.
La experiencia que más lo marcó fue observar nuestro planeta desde las alturas. “Ver la Tierra desde arriba, aunque sea en una foto, y hacerse a la idea de la escala ridículamente pequeña que tenemos en el Sistema Solar, y ya ni imaginemos la galaxia y el universo entero, fue lo que más me sorprendió”, describió. Desde las órbitas en las que estuvo, a unos 400 y 550 kilómetros de altura, el planeta todavía se ve grande. “Dar una vuelta completa en una hora y media te cambia la escala de todo. Ves cómo se acaba y cómo el horizonte es completamente curvo. Sobre todo, ves la delgadez de la atmósfera”, afirmó.
Esa imagen le dejó una idea concreta sobre la fragilidad ambiental: “La atmósfera es una capa muy fina que rodea un planeta finito. Un mal uso del medio ambiente, una mala generación de energía, se ve que tiene que afectar a todo el mundo”, sostuvo.
En misiones cortas, el asombro también compite con el trabajo. Duque confesó que en vuelos “cortos”, de solo 10 días, la agenda está organizada minuto a minuto y deja pocos espacios libres. “Hay que buscar huecos y dormir menos para mirar por la ventana, procesar la experiencia y guardar esas imágenes. Tenés que llevar una lista de todo lo que quieras asombrarte”, bromeó.
Procesar el hecho de haber estado en órbita tampoco ocurre de golpe. Duque lo describió como algo gradual: “Uno entiende técnicamente el cohete, la nave y la misión, hasta que empieza a tomar conciencia de que forma parte de un grupo humano muy pequeño”, contó.
Ese recorrido explica la mirada con la que hoy analiza el sector. Duque no habla del espacio desde la fascinación distante, sino desde alguien que lo vivió en primera persona y después lo siguió desde la gestión, la política (fue diputado y ministro de Ciencia e Innovación de España) y la industria satelital. Por eso, cuando describe la nueva etapa espacial, no la separa de la vida en la Tierra: la conecta con comunicaciones, mapas, telefonía, internet, catástrofes, economía y oportunidades para nuevas generaciones.
Para Duque, el cambio más importante es que el espacio dejó de estar limitado a la exploración científica y empezó a integrarse en áreas concretas de la economía global. “Se empiezan a vislumbrar varias áreas en las cuales la utilización del espacio podría hacer una gran disrupción en diferentes áreas económicas, en el mercado y en la manera como vivimos”, señaló.
Satélites invisibles que sostienen la vida cotidiana
La transformación que describe Duque ya está presente en actividades cotidianas que millones de personas usan sin pensar en el espacio. El español analiza este cambio desde su experiencia como astronauta y también desde Hispasat, la empresa satelital que preside y que trabaja en proyectos de conectividad para zonas remotas.
La navegación satelital es uno de los ejemplos más claros de esa transformación. “Ya es imposible vivir sin ello. Nos hemos acostumbrado a saber dónde estamos todo el tiempo, a usarla para ir de un lugar a otro”, explicó. Ese sistema sostiene aplicaciones de mapas, logística, transporte y distribución de mercadería. La entrega de paquetes depende de estos servicios para calcular rutas y reducir tiempos.
La infraestructura espacial también sostiene gran parte de las comunicaciones en regiones alejadas. Duque puso el foco en América Latina, donde miles de antenas celulares funcionan gracias a enlaces satelitales. A eso se suma el crecimiento de internet satelital en áreas rurales, impulsado por nuevos sistemas de conectividad, como Starlink
La cartografía digital, el monitoreo territorial y la respuesta ante catástrofes son otros ejemplos de cómo los satélites hoy son parte fundamental de nuestra vida.
Menos barreras y una nueva economía espacial
El avance de los satélites también se explica por una reducción de barreras que durante años limitaron el acceso al espacio. Duque apuntó especialmente al costo y la disponibilidad de los lanzamientos.
La consecuencia es una industria más dinámica, con más actores y más posibilidades de probar tecnologías en órbita. Ideas que antes quedaban en fase experimental empiezan a encontrar condiciones para llegar al espacio.
De la infraestructura cotidiana al regreso a la Luna
La nueva etapa espacial que describe Duque tiene una característica común: ya no alcanza con llegar al espacio. Las tecnologías tienen que funcionar, sostener servicios, bajar incertidumbre y demostrar que pueden integrarse a la vida en la Tierra o a misiones más ambiciosas.
Esa lógica aparece en los satélites que conectan regiones alejadas, en la navegación que usamos todos los días y en las imágenes que ayudan durante una catástrofe. También aparece en Artemis II, la misión que llevó seres humanos a la órbita lunar y que, para Duque, tuvo valor como prueba de sistemas.
El punto de contacto es la confiabilidad. En ambos casos, el espacio deja de ser solo una demostración espectacular y empieza a medirse por su capacidad de sostener infraestructura: una antena celular conectada por satélite en una zona remota o una nave capaz de llevar tripulación alrededor de la Luna y regresar.
Referentes, inversión y el desafío espacial de América Latina
La misión Artemis II abrió una pregunta más cercana para los países de habla hispana: qué hace falta para que más jóvenes puedan imaginar una carrera espacial como algo posible. Para Duque, los referentes cumplen un papel decisivo. Por eso destacó el caso de Carlos García Galán, español designado por la NASA como líder del proyecto Moonbase con el que la agencia espacial norteamericana planea construir un asentamiento permanente en la Luna.
“Los jóvenes tienen que ver personas que han llegado y con las que se pueden identificar”, afirmó. García Galán es otro ejemplo de una trayectoria formada en español también puede llegar a proyectos de primer nivel. Según explicó Duque, el lugar de origen no define el límite de una carrera. Lo central es construir una trayectoria sólida, competitiva y equivalente a la de otros profesionales del sector espacial internacional. Esa identificación, que en su infancia casi no existía, hoy puede funcionar como impulso para estudiantes interesados en ciencia, ingeniería y tecnología.
Ese camino, sin embargo, no depende solo de vocaciones individuales. Duque vinculó el desarrollo espacial con las políticas de ciencia y tecnología de cada país. La formación de nuevos talentos exige universidades públicas fuertes, oportunidades sostenidas y presupuestos estatales capaces de acompañar carreras largas. “El futuro de la juventud depende en gran medida de cuánto se invierta en ciencia y tecnología”, sostuvo.
En ese punto, marcó diferencias fuertes entre regiones. Aun con esas brechas, destacó el nivel académico de universidades de países como Argentina y Brasil, y remarcó que existen caminos posibles para quienes quieren acercarse al sector. Su consejo fue elegir un área que genere interés real y sostenerla con esfuerzo. “Dedícate a algo que te cause pasión real, que verdaderamente te guste, porque tanto tendrás que dedicarle que mejor será que te vayas divirtiendo”, recomendó.
No existe una única puerta de entrada al espacio. Las carreras espaciales pueden empezar en la ingeniería, la física, la electrónica, las telecomunicaciones, los motores, la radio o muchas otras disciplinas. Para Duque, los programas espaciales necesitan a los mejores de cada especialidad.
El paso pendiente para América Latina es más profundo: formar astronautas que vuelen representando directamente a sus países. Duque mencionó al brasileño Marcos Pontes, a Franklin Chang-Díaz, nacido en Costa Rica y convertido en astronauta de la NASA, y a Fernando Caldeiro, nacido en Buenos Aires, con quien compartió formación para vuelos del transbordador espacial. Caldeiro no llegó a viajar al espacio por problemas de salud y desarrolló su carrera bajo nacionalidad estadounidense.
“El paso nuevo ahora es que empiece a haber astronautas de nacionalidades de Sudamérica o Latinoamérica y que vuelen representando a sus países”, afirmó.
Ese objetivo exige continuidad política, inversión científica y construcción de oportunidades para las nuevas generaciones. En la mirada de Duque, la carrera espacial empieza mucho antes de llegar a una plataforma de lanzamiento, cuando un país decide formar talento, sostenerlo y darle un horizonte propio.
El reconocimiento del IEEE a Pedro Duque
Después de dos viajes al espacio, décadas dentro de la Agencia Espacial Europea y una carrera ligada a la ciencia, la política y la industria satelital, Duque recibió recientemente otro reconocimiento internacional: una distinción del Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE), una de las asociaciones de ingeniería y tecnología más importantes del mundo.
La distinción llegó en una etapa particular de su carrera: ya no como astronauta en actividad, sino como una figura que atravesó distintas dimensiones del sector espacial, desde los vuelos tripulados hasta la gestión pública y la industria de telecomunicaciones. Duque reconoció que la noticia lo sorprendió.
“La verdad, es una grandísima satisfacción que un reconocimiento de este tipo venga cuando todavía puedo rendir. No cuando ya sea una vieja gloria”, afirmó. “Simplemente, que se hubiese escrito mi nombre ya me interesaba. Y luego que el reconocimiento haya sido otorgado, para mí ha sido probablemente lo más importante que he recibido”, concluyó.

